Durante décadas, la salud mental de un país se midió contando diagnósticos. Cuántas personas tienen depresión, cuántas tienen ansiedad, cuántas fueron atendidas. Es una forma de medir que responde bien una pregunta y deja otra sin tocar: qué estaba pasando antes.
La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025, la primera que se realiza en el país desde 2015, cambió esa lógica. Y ese cambio metodológico es el hallazgo más relevante de todo el ejercicio.
¿Qué se midió esta vez que antes no se medía?
La encuesta dedicó un capítulo completo a los problemas que deterioran el bienestar psicológico sin constituir todavía un trastorno mental. También midió, por primera vez en Colombia, lo que se conoce como presentaciones subumbrales: personas con síntomas compatibles con depresión, pánico o estrés postraumático que aún no cumplen todos los criterios clínicos para recibir un diagnóstico formal.
Esa categoría no existía en las mediciones anteriores. Y su ausencia tenía una consecuencia práctica: quien no cumplía criterios completos simplemente no aparecía en ninguna cifra, aunque llevara meses funcionando mal.
En paralelo, la encuesta midió la soledad como variable de salud. Cerca del 16 % de los colombianos mayores de 12 años la reporta, con prevalencias más altas en mujeres, personas separadas o viudas, población migrante y víctimas del conflicto armado. La Organización Mundial de la Salud ya la reconoce como un factor de riesgo poblacional, no como un estado de ánimo.
¿Qué muestran las cifras del último ciclo?
Lo acumulado a lo largo de la vida se mantuvo relativamente estable. Lo reciente, no. La prevalencia de trastornos depresivos en los últimos 30 días pasó de 0,5 % en 2015 a 1,4 % en 2025. La ansiedad generalizada, de 0,1 % a 0,4 %. Son cifras pequeñas en apariencia y grandes en proporción: el episodio depresivo reciente casi se triplicó y la ansiedad se cuadruplicó en una década.
El aumento se concentra con más fuerza en adolescentes y en mujeres. Y ocurre en un país donde menos de la mitad de las personas con un diagnóstico buscó ayuda profesional, y donde cerca de un tercio de quienes la buscaron esperó más de un mes para acceder a atención especializada.
¿Dónde queda la distancia entre el síntoma y la atención?
En un espacio que hasta ahora nadie estaba obligado a mirar. Entre el momento en que alguien empieza a dormir mal, a rendir menos, a evitar a la gente, y el momento en que un profesional escribe un código diagnóstico, pueden pasar años. Ese tramo no es neutro: es donde se pierde el trabajo, se rompe el vínculo familiar, se instala el consumo de alcohol como estrategia de manejo, se consolida el patrón.
Los sistemas de salud están diseñados para actuar en el segundo momento. Toda la infraestructura, la codificación, la autorización y el pago se activan cuando existe un diagnóstico. Lo anterior queda fuera del circuito.
La medición de lo subumbral es interesante precisamente porque nombra ese tramo. Y lo que se nombra puede medirse, seguirse e intervenirse.
¿Qué implica esto para una organización que quiere anticiparse?
Implica aceptar que la salud mental sigue la misma lógica que el riesgo cardiovascular o el metabólico: se construye lentamente, avisa temprano y avisa mal.
Tres consecuencias operativas se derivan de ahí. La primera es que el tamizaje breve de síntomas emocionales tiene sentido en consulta general y no solo en el servicio especializado. La segunda es que factores como la soledad, el desempleo o la sobrecarga del cuidador deberían registrarse como determinantes clínicos y no como contexto social anecdótico. La tercera es que el tiempo de espera hasta la atención especializada es, en sí mismo, un indicador de calidad.
Nada de esto reemplaza la consulta. Cuando el malestar interfiere con dormir, trabajar o sostener relaciones, corresponde consultar con el médico tratante o con la EPS. La Línea Nacional de Teleorientación en Salud Mental, 106 es un servicio gratuito, confidencial y disponible 24/7 de teleorientación y apoyo psicológico inicial.